Niñofobia

Artículo de Lucía Márquez de valenciaplaza.com

¿Te molestan los bebés que lloran en los aviones? ¿Pones los ojos en blanco cada vez que en un bar te sientan al lado de una familia con dos niños? ¡Enhorabuena, el neoliberalismo ha hecho un gran trabajo contigo! ¡Toma este pin virtual de regalo y sé feliz defendiendo tu derecho a consumir en una fantasía donde la única realidad válida es la tuya y la empatía solo existe en los anuncios navideños!

De entre los debates que invaden cíclicamente nuestras redes sociales y sobremesas, uno que ha regresado con ímpetu estas semanas es el de prohibir la entrada de niños a ciertos bares u hoteles. No porque se considere que estos lugares puedan ser perjudiciales para su salud física o mental, sino porque se asume que la infancia molesta. Toda ella, en general, sin matices. Y, como comentaremos más adelante, tú, adulto pagador de impuestos, ganador de salarios, cliente de acreditada solvencia, no vas a permitir que un churumbel perturbe tu sacrosanta experiencia de consumo.

Antes de proseguir, una aclaración: que te gusten o no los niños, que su existencia te parezca adecuada o no, tiene un total de cero unidades de relevancia. Respiran, viven, no tienen por qué gustarte, no te deben nada. Aunque a veces se nos olvide, bajo la etiqueta de ‘los niños’ hay humanos con los mismos derechos que tú, simpático contribuyente. La vida es tan suya como tuya.

En ese sentido, a pesar de que 300 millones de eslóganes y campañas cursis lo repitan, los niños no son “los ciudadanos del futuro”, lo son del presente. Ya están aquí, ya forman parte de la sociedad, no son personas en construcción, no son seres incompletos. No constituyen individuos de segunda división a los que podamos guardar en una caja cuando nos convenga. Aunque no sean productivos, aunque no coticen. Y quizás sea una obviedad tener que explicar esto, pero visto lo visto, no hay que dar nada por hecho: niños y niñas no son una masa homogénea, monolítica. Hay niños más ruidosos y menos, niñas con días malos y días mejores. Exactamente igual que tú, que ayer le contestaste fatal a un compañero de trabajo, a tu pareja, a tu madre o a la cajera del supermercado porque en realidad estabas irritado por otro asunto y lo pagaste con alguien que no tenía la culpa. ¿A veces la chavalería habla demasiado alto o monta berrinches fuera de lugar? Pues sí, pero es que si la existencia ya se hace cuesta arriba para los adultos que, más o menos, conocemos las reglas del juego, imaginaos para una gente que lleva pocos años en la Tierra y se ven rodeados de códigos que no acaban de entender, de normas que les parecen arbitrarias o todavía están aprendiendo. Seres pequeños que a menudo no comprenden bien ni qué les está pasando a ellos mismos. ¿Es la solución apartar a esas personas de talla XS de nuestra vista porque les consideramos un potencial incordio? ¿Debemos crear guetos para infantes y que hasta que sean considerados especímenes aptos no puedan conocer otros horizontes? Como sociedad ¿no deberíamos hacer el esfuerzo de ayudar a los recién llegados a acomodarse entre nosotros, a entendernos y entenderse?

Poner sobre la mesa la opción de que un grupo poblacional al completo tenga vetado el acceso a un lugar por el simple hecho de pertenecer a ese colectivo es, para empezar, un ejercicio de discriminación del tamaño de catorce millones de estadios Santiago Bernabéu (no acabo de entender esta forma de medir extensiones, pero como veo que los medios la usan para todo, quiero que se note que estoy al día del argot periodístico). Pero también constituye un síntoma pluscuamperfecto de la sociedad individualista hasta la médula con la que algunos sueñan. Un modelo relacional en el que las necesidades ajenas no importan, en el que los vulnerables e inexpertos son un estorbo, en el que la debilidad, la torpeza, el descontrol y las meteduras de pata no existen.

Piedra-papel-tijera-consumidor

Que precisamente el debate ‘niños sí o niños no’, se vehicule de forma sistemática en torno a espacios de consumo resulta muy esclarecedor respecto a cuál es realmente el meollo del asunto: un clásico ‘quien paga manda’, pero con traje de Herodes cool. Como cliente te arrogas el derecho a que la realidad no te perturbe, a tener una experiencia de vida a la carta en la que solo importáis tú y tu mesa. Tu disfrute, tu tiempo, tu parcela es lo único que existe, que para algo estás soltando billetes. Y toda interferencia es un ataque a tu libertad de consumir como te plazca. En piedra-papel-tijera-consumidor, consumidor gana a todo. La sublimación del sujeto neoliberal, con café y postre incluido. Algunas personas mayores caminan muy despacio, protestan por todo, hablan demasiado alto, ocupan el baño cada dos por tres o huelen a pachuli; ¡vetemos la entrada de todos los ancianos a los restaurantes, que nos rompen la ilusión de fingir que somos extras de American Psycho! ¡Y que tampoco puedan usar el metro y el autobús, que a veces no se aclaran y te piden que les expliques dónde tienen que bajarse o que les arregles algo del teléfono que han tocado sin darse cuenta! A ver, ¿qué otros grupos de población os molestan cuando estáis cenando y queréis que tampoco puedan entrar a vuestro bar favorito? Venga, haced una lista, ya veréis qué panorama tan simpático nos queda.

Por cierto, no te caen mal los niños que están armando jaleo en el restaurante, en todo caso, te caen mal sus adultos de referencia, que no saben o no quieren enseñarles cómo deben comportarse. Y ojo, no estoy defendiendo que la muchachada se ponga a montar un Jumanji impunemente por los pasillos ni haga su particular versión de Holocausto Caníbal en las zonas comunes de un hotel, pero en ese caso, con quien habría que tener la conversación es con sus tutores legales, no decidir que los menores de 18 años son, por defecto, el anticristo e imponer un veto preventivo. Algunas cenas de empresa dan muchísima vergüenza y no vetamos el acceso a todos los empleados de consultorías a ningún bar.

Por otra parte, cuando sale a la palestra el asunto de los gulags para infantes y sus familias, una reacción bastante común es “No es mi problema, que no hubiesen tenido hijos”. ¡Venga ahí, menudo ejercicio de empatía, menuda forma de tejer redes de cuidados con otras personas en un momento tan complejo como la crianza! Como si uno de los pilares que hace sobrevivir a la sociedad no fuera la solidaridad interpersonal, intergrupal e intergeneracional. Cuando te hagas un esguince y nadie te ceda el asiento en el metro no te quejes, que cada palo aguante su vela. No haberte lesionado o, al menos, coge un taxi y no molestes a los demás, que han pagado su asiento y quieren ir sentados. Cuando un bebé se pasa un trayecto de tren o avión berreando como si le estuvieran torturando en la delegación de Hacienda nadie lo sufre más que los adultos que deben velar por mantenerlo sano y salvo. Y lo que menos necesitan esas personas son tus miradas de asco, tus mohines y tus aspavientos. El mundo está lleno de bebés que lloran, de gente que necesita ayuda, de personas dependientes, de planes que salen mal, de molestias. En la vida hay ruido e imprevistosEs de una mezquindad tremenda exigir hablar con el encargado del universo cada vez que nos dan una servilleta que no está perfectamente doblada.

Entre los muchos autores a los que todavía no he leído porque soy una titiritera pluriempleada está David Graeber. Pero me gusta bastante una frase suya que compartió la sabia tuitera, adoradora de ardillas y referente vital que es @_LecturaComun_«Uno mismo debe en sus relaciones con sus amigos y aliados encarnar la sociedad que desea crear». De nada sirve ansiar un ecosistema en el que sentirnos arropados y cuidados, en el que los demás sean sinónimo de refugio y no de amenaza, si nos dedicamos a construir torreones donde pagar te exima de compartir tiempo y espacio con el diferente, con el otro. Incluso si ese otro tiene cinco años y es fan de Peppa Pig.

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