Vivir sin hijos es vivir a medias

Artículo de Marc Arza de naciodigital.cat

«Tener hijos no es una obligación y todo el mundo tiene la libertad de vivir la vida que elija, pero el riesgo de colapso demográfico hace necesaria una defensa de la familia y la natalidad como el mejor de los caminos posibles»

  • Poco a poco y demasiado tarde, pero la crisis de natalidad se va abriendo paso y la demografía será uno de los debates centrales del año que apenas comienza. Nada nuevo, este 2025 hará noventa años que Josep Antoni Vandellós publicó su «Catalunya, poble decadent» alertando sobre la baja natalidad catalana. Estamos donde estábamos, pero hoy compartimos las dificultades demográficas con buena parte del mundo. Fuera de África, India, Pakistán y un puñado de países más, el colapso demográfico es global y acelerado.
  • El colapso es global, pero en pocos sitios es tan acusado y vertiginoso como en Catalunya. El país tiene hoy una de las tasas de natalidad más bajas del mundo, apenas 1,1 hijos por mujer. La mitad de lo necesario para garantizar el mínimo repuesto generacional. Si nada cambia la población autóctona se reducirá casi a la mitad en menos de un siglo. Las consecuencias sociales, económicas, culturales y lingüísticas son y serán algo más que dramáticas, una auténtica amenaza existencial. A continuación, cinco ideas dispersas sobre natalidad y demografía para contribuir a un debate necesario y urgente:
  • No es la economía, es la cultura: Cuando la conversación pública gira sobre la natalidad casi siempre lo hace en forma de argumentos económicos. Como si fuera una cuestión de renta disponible, ayudas y subvenciones. La economía tiene que ver, claro, y será por eso que la natalidad es mayor entre las familias con mayores ingresos, pero la cultura pesa mucho más que el dinero en la decisión de tener hijos. Que las familias de origen inmigrante tengan más hijos que las autóctonas a pesar de tener menos renta es la prueba de lo nuevo de que la demografía es también una cuestión de valores.
  • Los hijos y el pan bajo el brazo: Quizás hay personas que no se atreven a tener niños porque piensan que no ganan suficiente dinero, pero deberían saber que pocas cosas incentivan a ganar más que tener una familia que depende de ti. Puede parecer que las familias con mayor renta tienen más hijos, pero también es cierto que las familias con hijos tienen mayor renta. El premio de la paternidad, tener niños como herramienta de prosperidad. El pan debajo del brazo no es un mito, es una realidad probada.
    • Ser padres, escuela de madurez: Revivir de nuevo la experiencia educativa pero cambiante de rol. Vivir como padre lo que habías vivido como hijo. Repetir aciertos y errores. Cambiar algunas cosas y replicar casi todo lo demás. Una experiencia de educación reflexiva que es un regalo y una escuela. No existe coach ni programa de crecimiento personal capaz de aportar las toneladas de paciencia, humildad, descentramiento y sabiduría que da una paternidad mínimamente consciente. Vivir sin hijos es vivir a medias.
    • El mundo que dejamos a los hijos y los hijos que dejamos en el mundo: La política se ha convertido en un territorio sin niños. Buena parte de los políticos no tienen hijos que tengan que vivir el futuro por quienes trabajan. Cuanto más extrema la propuesta política, menor la tasa de natalidad de sus diputados y concejales. La CUP y los Comunes, en el extremo izquierdo del arco político, son un erial reproductivo. Demasiado «politiquetes» pensando en el mundo que dejarán a unos hijos que no tienen y demasiado pocos dispuestos a pensar en los hijos que dejarán al mundo. Educar a los ciudadanos del futuro uno a uno, en cada casa, es la política más transformadora de todas.
    • Entre la excepción y la regla: Tener hijos no es una obligación y todo el mundo tiene la libertad de vivir la vida que elija, pero el riesgo de colapso demográfico hace necesaria una urgente defensa de la familia y la natalidad como el mejor de los caminos posibles. La ambición de autonomía y libertad que se presenta como modelo a los jóvenes de las últimas décadas es una vida sin hijos porque huye del compromiso y la responsabilidad. La inmadurez permanente de una adolescencia eterna. Un camino que se vuelve triste y solitario cuando ya es demasiado tarde para corregirlo. Celebrar la natalidad es el primer paso para volver a promoverla.

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