Por Maite Marín, directora del Área Social de FANOC
Hace poco escuché en la radio un debate sobre las vacaciones escolares en España. Se cuestionaba si nuestros hijos tienen demasiados días de vacaciones en verano y se comparaba nuestro calendario escolar con el de otros países europeos. Incluso se comentaba que alguna comunidad autónoma o localidad había empezado a adaptar el calendario siguiendo modelos europeos.
Y aquello me hizo en que pensar.
Porque, en realidad, durante todo el debate no se hablaba tanto de cuántos días de vacaciones tiene cada país, sino de cuándo se hacen estas vacaciones y cómo se distribuyen a lo largo del año.
Por lo que he podido ver —y si no voy equivocada—, salvo algunas excepciones como Alemania, Países Bajos o Dinamarca, que tienen entre unos 87 y 97 días de vacaciones escolares al año, muchos países europeos se mueven entre los 100 y los 120 días. Malta, por ejemplo, es uno de los países con más vacaciones escolares pudiendo llegar a los 135 días anuales.
La diferencia no está tanto en el número total de días como en el reparto. En muchos países las vacaciones se distribuyen más a lo largo del curso: además del verano, hacen parones en invierno, primavera e incluso algunos días en otoño. El verano sigue siendo normalmente el periodo más largo, pero no es el único.
Y aquí es donde me surge la pregunta: si sabemos que la conciliación sigue siendo una asignatura pendiente en gran parte de Europa —y especialmente en nuestro país—, ¿por qué cuando hablamos de vacaciones escolares el debate suele centrarse en repartirlas más?
Recuerdo cuando se puso en marcha aquella llamada “semana blanca”, a mediados de febrero. Personalmente la viví como algo bastante caótico.
Vivimos en una sociedad donde muchas familias concentran sus vacaciones laborales en verano y, de repente, tener que reorganizar toda la dinámica familiar para cubrir una semana sin escuela en pleno febrero no es tan sencillo como parece.
Porque una semana libre en julio y una semana libre en febrero, sobre el papel, pueden parecer equivalentes. Pero en la práctica no lo son.
En verano hay más horas de luz, mejor tiempo y muchas más opciones para organizarse. Los niños pueden estar al aire libre, ir al parque, a la piscina, jugar en el jardín o simplemente pasear. Incluso sin salir de vacaciones, muchos ayuntamientos habilitan espacios con agua o actividades gratuitas y resulta más fácil improvisar.
En cambio, una semana de vacaciones en invierno puede convertirse en un pequeño rompecabezas. Hace frío, anochece pronto y muchas actividades pasan por gastar dinero. Si quieres salir de casa acabas en espacios cerrados, actividades de pago o pensando en escapadas que no todas las familias pueden permitirse.
Y cuando no hay casales o los horarios no encajan, aparece la solución de siempre: abuelos, teletrabajo a medias o niños en casa porque no queda otra.
También hay otra realidad de la que se habla poco: para muchas familias, la conciliación en verano suele ser algo más sencilla. Hay empresas que hacen jornada intensiva, se pueden repartir mejor las vacaciones entre padres y madres y, además, para muchos abuelos también resulta más fácil cuidar a los nietos en julio que en febrero.
Por eso, cuando se plantea cambiar días de verano por días en invierno, no veo tan claro que siempre sea una mejora.
Entiendo que haya quien defienda calendarios más repartidos. También puedo entender el argumento de que un verano tan largo hace más difícil volver a la rutina en septiembre.
Pero nuestro contexto también importa. En España, el clima tiene un peso importante: en muchas aulas el calor de junio ya es difícil de gestionar y precisamente por eso hace años que existen jornadas intensivas en muchos centros.
Y aquí tampoco hablo de que los niños tengan que pasar más tiempo en la escuela ni de entender la escuela como un aparcamiento. Hablo de que el bienestar infantil también depende de que las familias puedan acompañar realmente esos tiempos de descanso. Porque estar en casa sin una atención adecuada tampoco siempre es una solución.
Además, las alternativas de verano muchas veces permiten más opciones lúdicas y accesibles: actividades al aire libre, excursiones, juegos de agua o casales con propuestas adaptadas.
Por eso creo que el debate no debería centrarse únicamente en cuántos días de vacaciones tienen los niños, sino en cuándo los tienen y qué consecuencias reales tiene eso para quienes los cuidan.
Porque no todas las semanas libres cuestan lo mismo, ni se viven igual.
