Por Maite Marín, directora del Área Social de FANOC
El sábado tuve la oportunidad de asistir a los Premios Cinemanet, una experiencia que me sorprendió muy positivamente. Más allá de los reconocimientos y de las propuestas cinematográficas presentadas, lo que me llevo es una reflexión sobre el valor de la familia, contemplada desde muy diversas perspectivas, pero todas ellas complementarias.
De esa gala volví a casa con buenas opciones de películas pendientes por ver, ya que todavía no he visto las propuestas galardonadas. Sin embargo, debo confesar que no las veré todas. Soy una persona que empatizo mucho con los personajes y las historias que veo en la pantalla y, si ya de normal suelo emocionarme con facilidad, hay uno de los relatos que me convertiría en un auténtico mar de lágrimas.
Sin embargo, en este encuentro también se entregaron los premios Luchadores de la Familia (nacional e internacional) y los Premios FANOC a Familias Numerosas Excepcionales. De estos últimos, y quizás por implicación directa, debo destacar algunos de los momentos más tiernos de la tarde.
El primero fue el testimonio de la familia Rey de Olano, galardonada con el premio Familias que Suman por su solidaridad y experiencia en las vacaciones familiares solidarias. Las palabras de la madre fueron sinceras y emocionantes, pero la intervención de uno de sus hijos, que les acompañó a la entrega de premios, logró llegar aún más adentro. Su agradecimiento a los padres por veranos dedicados al voluntariado fue tierno, profundo y conmovedor. De esos discursos que te recuerdan que, a menudo, los regalos más valiosos que recibimos no son materiales, sino experiencias y valores que nos acompañarán de por vida.
También me impresionó la imagen de la familia Farré Montesó, galardonada con el premio Vincles que Transforman por su dedicación a FANOC durante más de veinte años como delegados y grandes embajadores de la asociación. La familia recogió el premio rodeada por tres de sus nueve hijos, junto a sus respectivas parejas e hijos. Ver a varias generaciones reunidas fue una estampa preciosa, una de esas fotografías que explican mucho más de lo que se puede expresar con palabras.
Por último, el premio Historias que Inspiren recayó en la familia Muñoz Amor por compartir a través de las redes sociales su día a día, ejemplo de amor, resiliencia y entrega familiar, e inspirar a muchas otras familias. Fue especialmente emotivo escuchar cómo se reconocían mutuamente que aquella familia tan bonita no habría sido posible sin el papel fundamental de cada uno de los miembros de la pareja. A menudo admiramos los frutos, pero olvidemos las raíces. Y una de las imágenes más tiernas de la tarde fue ver al más pequeño de la familia cogido en la pierna de su madre mientras recogían el premio. Un gesto sencillo y espontáneo, pero cargado de significado: la confianza, la seguridad y el amor que se construyen en una familia.
Otra de las intervenciones que me hizo en qué pensar fue la de Pep Borrell al recibir el Premio Nacional de la Plataforma ONU por la Familia. Puso sobre la mesa una realidad que probablemente todos reconocemos: vivimos acelerados, a menudo focalizados en las dificultades, las preocupaciones y todo lo que no funciona. Esta mirada negativa también afecta a cómo hablamos de la familia.
¿Qué mensaje transmitimos a las generaciones futuras si sólo hacemos hincapié en los sacrificios, las hipotecas, las dificultades para llegar a fin de mes o las renuncias que comporta formar un hogar? Normal que ahora nuestros jóvenes piensen más en viajar y pasarlo bien que en construir una familia que tan dolores de cabeza comporta. Es evidente que estos retos existen, pero quizá no dediquemos tiempo suficiente a explicar también todo aquello que hace que la balanza se incline hacia el lado positivo: el cariño, la compañía, el apoyo mutuo, los recuerdos compartidos y la certeza de tener a alguien a tu lado en los momentos importantes de la vida.
Me gustó especialmente la invitación a mirar atrás y agradecer el legado recibido de las generaciones que nos han precedido. Hace poco escribí sobre mi abuela porque la echaba mucho de menos, y el sábado volví a pensar en ella y en mi abuelo. Eran personas muy distintas, pero siempre los vi caminando juntos. Se apoyaban mutuamente, se respetaban y nunca les escuché dirigirse malas palabras. Seguramente no coincidían en todo, como cualquier pareja, pero nos dejaron un ejemplo de compromiso, cariño y respeto que sigue muy vivo dentro de mí.
Por eso, aún hoy, siento gratitud. Gratitud por mis abuelos, por mis padres y por todas aquellas personas que, con su ejemplo cotidiano, me han enseñado lo que significa construir una familia.
Cuando el acto llegó a su fin, me di cuenta de que sólo tenía una idea en la cabeza: subir al coche, volver a casa y pasar el resto de la tarde con mi propia familia. Y, pensándolo bien, probablemente este es el mejor resumen posible de lo que significó estos premios.
